La idea de que todo lo que vivimos sea una mentira ha rondado mi cabeza desde que era un niño. Florece con mayor intensidad en  momentos de gran dolor e incertidumbre. Parece funcionar como un gran mecanismo de defensa, en lugar preocuparme por resolver mi situación me adentro en problemas filosófico-existenciales de alcances universales. Esta idea también ocurre cuando comienzo a conocer diferentes versiones de un mismo hecho. En inglés se puede encontrar un juego de palabras muy interesante para esta situación (en español no es tan evidente). Hablamos de “act” y “fact”. La verdad es de facto mientras que la vida es un acto. Uno actúa, porque lo que hacemos es interpretable y porque ocurre en la vida cotidiana. Hablamos de hechos (facts) cuando lo que sabemos es inerte, ha ocurrido y tenemos absoluta certeza de que así será. Por eso los actores actúan y por eso no tenemos un verbo para lo factual, porque no hay acción.

Por razones inconscientes y adaptativas siempre fui muy malo para las matemáticas, no era un problema de aprendizaje o un problema de capacidad, simplemente mi desempeño en los exámenes dejaba mucho que desear. Seguir los eternos procedimientos para resolver cualquier problema me produce un estado de ansiedad tal que es como si me hubiera perdido en el supermercado más grande del mundo siendo un niño.

La forma que encontré para escapar de los problemas era desear con todo mi empeño que un día cercano algún genio matemático postulara que todos los métodos que conocemos están equivocados y que es necesario volver a empezar desde el principio. Una nueva civilización, una nueva conceptualización de la realidad; en una de esas ya tendríamos autos voladores. Para mi mala fortuna ese día no ha llegado, pero en donde sea que viva mi niño interno ese deseo se conserva como una luz de esperanza y una razón de vida.

Cuando peleo con las personas que quiero y llego a un punto en el que ya no sé que es lo que está pasando, tiendo a distraerme con todo y reflexiono sobre los temas más trascendentes, alcanzo momentos de lucidez que en momentos de tranquilidad nunca podría alcanzar. No es algo que haga porque el reclamo (justo o injusto) no me preocupe (al contrario creo que me preocupo en exceso), sino porque simplemente no sé manejar esos asuntos y me distraigo. A mi favor puedo decir que funciono mejor distraído, sólo que tendrán que disculparme porque por ahora no recuerdo alguna anécdota que sustente dichas afirmaciones.

Las historias deben tener protagonistas y antagonistas, un conflicto, un clímax (o varios) y la resolución de conflicto. En mis historias personales, o en las que solo soy un personaje secundario (me gusta decir que soy un satélite en la historias de los demás), me pregunto muchas veces sobre mi papel. En mi historia puedo ser el villano, puedo ser un personaje secundario, he resuelto mis conflictos… Hemos llegado a un punto de madurez en el que podemos decir que no hay buenos y malos, aunque tal vez esa reflexión se deba a que cada vez sabemos más de nosotros y por lo tanto es más fácil que nos confundamos en nuestras apreciaciones.

Para terminar, a veces hay historias tan maravillosas, tan perfectas que me dan ganas de intervenir y destrozarlas, demostrar la gran mentira que son y dejar en evidencia a los actores. Tal vez por eso deba dedicarme a escribir telenovelas, y por eso está muy bien no haber tomado el camino de la psicología clínica.

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