Como todo en este mundo positivo, las explicaciones  metafísicas dan respuesta para todo. Sin embargo aún nos quedan explicaciones  caóticas, interpretativas y si nada ninguna de estas convence al respetable juicio crítico del lector, siempre nos queda el escepticismo.

Si las coincidencias son como la belleza, entonces están en el ojo del que las mira.

La coincidencias nos permiten crear historias, si algo no coincide, no hay nada que contar.

¿Cómo se conocieron? ¿Cómo empezó todo? ¿Cómo terminó? ¿Cómo supiste que la amabas?

Si no hubiera ido a tal lugar, en determinado momento y no hubiera hecho tal cosa, nada de lo que ocurrió después hubiera sido posible, irremediablemente hubiera ocurrido algo distinto.

Si no coincide, no hay historia. Eso no quiere decir que todo tenga que encajar perfectamente, las historias cuentan sobretodo desencuentros, pero algo tiene que coincidir. Incluso el mal momento, las malas decisiones, las tragedias, los accidentes.

Así que descubrí que no me interesa el origen mágico o probabilístico, lógico, ficticio o inexistente de las coincidencias, me interesa el poder que tenemos para encontrarlas y el poder que tienen para generar historias.

Así, las mejores historias de amor y desamor que me han pasado se derivan de someras casualidades.

Como la película Magnolia dice: The book says, “We might be through with the past, but the past ain’t through with us.”

Una coincidencia se origina en el pasado, se forma en el ahora y posibilita un futuro. Algunas son como esos elementos radioactivos de nombres raros que existen poco menos que nada. Nosotros universalmente somos poco menos que nada, una pequeña coincidencia en el Universo.

Hablar de lo pequeños que somos comparados con el Todo se está haciendo lugar común, pero me gusta esa idea, me da como vértigo, es como pararse en la orilla de algo muy alto o como estar enamorado. No somos tan pequeñitos a final de cuentas.

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