Me fui de vacaciones, para mí los viajes tienen algo de catastrófico y liberador. Tengo la fantasía de que al dejar la ciudad de origen, las personas y las cosas que se dejan se comportan de maneras extrañas. Mi percepción no es gratuita, ya que después de varios viajes propios o de conocidos las cosas cambian. He ganado y perdido amores, equipos de fútbol desaparecen, terminan de construir edificios y remodelan otros. No creo que la realidad exista porque la miro, sólo creo que suceden cosas extrañas cuando me ausento. Una parte de mí ansía que al volver, el país no exista más, que mi casa se hubiera incendiado. Lo más triste que ha pasado fue la muerte de un canario.

No se puede hablar de viajes sin mencionar los lugares comunes, esos que dicen que uno aprende, que es bueno tomar perspectiva, que uno crece y madura. Creo que esta vez todo eso aplicó, esta vez, al volver, casi nada cambió (abrieron una farmacia, la cual juraba tardarían meses en inaugurar y pintaron el El Globo más cercano). El cambio, en esta ocasión fue interno, y aprendí un par de cosas muy valiosas: todo, absolutamente todo es posible, y debo ser menos pesado para que todo pase. Pura filosofía zen, me cae.
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