Tengo un lápiz. No tengo idea de como llegó a mis manos, un buen día lo encontré en mi bote de lápices, que tampoco sé bien cómo llegó a mí, al igual que la cajita de plástico que asumo que es para los clips y el bote que sí es para los clips y las tachuelas (con imán y toda la cosa para que se peguen en la parte interior de la tapa).

El lápiz en cuestión no tiene algún tipo de recubrimiento, pero tampoco se ve que lo hayan desnudado para dejarlo en su bonito color madera. Tiene punta en ambos extremos y escribe muy firme y suave. Odio las plumas extrafinas y los lápices menores de 2b. Mi letra es muy fea (dicen) y las plumas y lápices delgados la hacen ver enclenque y puntiaguda. En cambio, las plumas de gel, las plumas fuente y los lápices 2b en adelante me hacen pensar que vivo en esos tiempos en los que presionar demasiado fuerte la punta de la herramienta de escritura sobre el papel significaba algo.

Me gustaba sentir el reverso de las hojas después de tomar dictado, era como leer Braille; hasta que un día me di cuenta que eso era demasiado obsesivo y que debía vivir la vida. Durante mi educación media superior y superior mis apuntes se convirtieron en verdaderos derroches de tinta y grafito. Hacía unas cosas horribles, indescifrables. Fue entonces que decidí usar cuadernos especiales para esos fines, aunque no dejé de dibujar en mis cuadernos de notas. En realidad, casi no tomaba apuntes.

Utilizo un exacto para sacarle punta a todos mis lápices, no me gustan los sacapuntas, como no me gusta el corrector. El corrector es, sin problema, uno de los peores inventos de la historia. Huele horrible, contamina un montón, se ensucia con todo y debido a mi dislexia nunca he sido bueno en usar esos de tirita.

Todo eso para decir que repudio los bolígrafos genéricos, las puntas uniformemente afiladas y los errores uniformemente corregidos.

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Now playing: David Bowie – Speed of Life
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