Ayer terminé de leer Por los Caminos de Swann, la primera parte de siete que componen la edición de Alianza de En Busca del Tiempo Perdido. Lo terminé en el camión que va a Taxqueña, lo tomé frente a Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo, en el camino pensaba que tal vez era mejor irme por el Metrobus hasta Eje 6 y de ahí tomar un pesero. Era tarde para cambiar de opinión, e independientemente de la ruta hubiera leído.

Desde el jueves de la semana pasada hasta ayer tuve, lo que hasta ahora ha sido, la semana más pesada del tiempo que llevo en el trabajo. He estado pensando sobre eso, lo que he podido. Ayer en la noche estaba en blanco, completamente en blanco. Pensaba algo, pero no tenía fuerzas para decirlo, no sabía siquiera lo que estaba pensando. Dormí, descansé mal, soñaba en escribir y que eso me iba a aliviar. Aquí estoy escribiendo, ciertamente me siento mejor. Lo pesado del trabajo no fue trasladarnos al IFE cinco días, para después regresar y preparar los materiales para el día siguiente, ni siquiera fue irnos tarde. Lo terrible, lo que me tiene maniatado, desilusionado son los errores tontos, los errores que aunque el documento se revise una y otra vez aparecen. Una letra, un espacio. La solución no era complicada y el trabajo no se fue así, al menos lo que logramos revisar. Esos errores me hacen sentir como un tarado, distraído y desorganizado. Suelo ser muy distraído, es verdad, me distraigo con una gota de lluvia en la ventana, o el reflejo de alguna cosa en la pantalla de la computadora, o haciendo patrones con los mosaicos de algunas paredes o simplemente viendo a la nada y pensando en cualquier otra cosa (que supongo que ahí es cuando genero todas las tonterías que digo, escribo o incluso dibujo). Esta bien, a todos se le van esos detalles y por eso se revisan. Ojos frescos para ver errores.

Lo que me tiene todavía más frustrado, esa es la palabra, frustrado, son las actas. Se tienen que hacer actas que narren de manera breve y puntual (por supuesto, con redacción de acta, nada ilustrativa, burocrática y sobretodo aburrida), lo ocurrido en las sesiones. Mi tarea era redactarlas. El hecho de tener un blog demuestra que me gusta escribir, es cierto que no subo todo lo que escribo, pero digamos que no me considero un papanatas en esto. Sí discutimos las imágenes y creatividad de los escritos, es diferente, pero eso ya es asunto de los grandes. A lo que me refiero es que creo tener la habilidad mínima para organizar mis ideas, medio domino los signos de puntuación y entiendo que un enunciado es para una idea y que un párrafo puede tener una o varias ideas principales, pero que en general cada párrafo trata sobre una idea y que las demás oraciones redondean la idea principal; misma que no siempre es la primera. Estoy tratando de escribir una tesis harto complicada, me gusta leer libros pesados y quiero hacer maestría en letras o empezar desde cero, porque también sé que no tengo estudios avanzados sobre literatura. Siendo ese mi marco de referencia no puedo entender como no puedo redactar un acta de manera correcta.

Las escribo, describo lo que pasó y me topo con que ya estoy escribiendo como escribo regularmente. Se supone que me baso en las actas escritas previamente, pero no puedo. Me desespera de sobremanera. El que escribe no soy yo, escribe el membrete y escribe el trabajo, escribe el contrato, escribe el entregable, escribe la computadora, escriben los acuerdos, escriben la técnica, pero no escribo yo. No he podido lograr que el que escriba no sea yo.

Existe esta idea de que una persona que sabe escribir es porque ha leído y se ha preparado y todas esas tonterías. Y nos dan talleres de redacción alienados para escribir lo que hay que escribir. Lo importante es el oficio, el acta, el memo. Muy formales todos ellos, muy políticos, pero huecos, aburridos, convenientes y hasta vulgares. El oficio trae la información que necesitas, nada más. Así es esto, la gente necesita de otra gente y nada más. En cambio en correos o los acuerdos no oficiales hay un poquito más de vida; en eso que ocurre a todas horas y que no está escrito en ninguna parte.

Lo digo y lo repito, este sistema de echarle ganas está podrido. No hay espíritu. Todo es nombre, todo es dato, todo es acto, todo es eficiencia, todo es positivo.

Terminamos eso que había que entregar, no me siento nada satisfecho, nada orgulloso del trabajo ni del esfuerzo realizado, ayer fue quincena y me siento todavía más vacío que antes de entrar a trabajar.

Swann me acompañó en estos días duros.

Homologar, a final de cuentas, es una palabra bonita.

Aprovecho la ocasión para enviarles con cordial saludo.

Rafael Kornhauser

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