Ahora que ando muy escritor tengo que aprovechar cualquier momento para hacerlo. Me decía, quiero escribir y no escribía, quiero leer y no leía, quiero salir y no salía, quiero tocar la guitarra y no tocaba, quiero pintar y no pintaba. Ahora que el tiempo me resulta escaso hago más esas actividades que tanta felicidad de brindan. La escritura es mala consejera, es ingrata. Siempre los otros siempre los otros. Uno es el ingrato, el que ni puede escribir de forma interesante esa gran idea que tiene en la cabeza. Como esa vez que se me ocurrió escribir un cuento sobre alguien que llamaba por equivocación a un consultorio psicoanalítico, ya no recuerdo que era lo brillante de esa idea, seguro era eso que ahora olvido y que si recordara tendría que estar escribiéndola ahora. Tengo metida en la cabeza muchos pensamientos activistas, en realidad siempre los he tenido, pero se me desbordan, ya no puedo resistir. En cambio, se me han acabado las bromas, ya no soy tan ocurrente como antes en esa deliciosa actividad, en cambio escribo más que de costumbre, sí existe una correlación entre una y otra prefiero escribir que contar malos chistes.

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